martes, 10 de febrero de 2026

La vida como un viaje en tren hacia el incierto futuro

Reflexiones sobre la vida y la realidad de los viajes en tren en España.

La existencia se asemeja a una película que, invariablemente, culmina en un desenlace adverso. Quizás por ello encontramos tanto consuelo en aquellos filmes que presentan finales felices, que nos inducen a creer, aunque sea de manera ilusoria, que todo terminará bien, al menos hasta que aparece el letrero de «FIN». Menos atractivas son las narrativas como la de Estación Termini, dirigida por Vittorio De Sica, que se empeñan en reflejar la cruda realidad, el lado oscuro del viaje que es la vida.

Hoy me encuentro con un ánimo melancólico, y aunque no se trate de trenes en sentido literal, mi suegro, el hombre de 94 años más joven que conozco, a menudo dice que la vida es un viaje en tren. A veces largo, a veces corto, con estaciones que marcan nuestro trayecto, y nunca sabemos en cuál nos tocará descender. Nos alivia el momento en que los vagones vuelven a ponerse en marcha y nos damos cuenta de que esa parada que ha quedado atrás no era la nuestra, no era nuestro final.

Actualmente estamos atrapados, aunque sea en un viaje en tren, en un trayecto hacia ninguna parte. Al igual que aquellos cómicos de la posguerra en la entrañable película de Fernán-Gómez, avanzamos juntos hacia un horizonte cada vez más incierto, impulsados hacia una vía muerta. Y ustedes se preguntarán, «¿por qué este tono tan pesimista?» La respuesta es sencilla.

El reciente descarrilamiento en Adamuz nos rozó, o mejor dicho, no nos afectó por unas pocas horas, ya que volamos sobre esas mismas vías alrededor de las tres de la tarde. La gente comentaba que el tren vibraba intensamente, mientras los productos del vagón cafetería caían y la camarera murmuraba: «¡cada día se mueve más!». Este mismo fin de semana viajé a Castellón para participar en el Campeonato de España de Natación. Mis resultados fueron lamentables; no soy un AVE, sino un tren de cercanías, pero esa es otra historia.

El asunto es que, al igual que muchos, no me atreví a optar por el tren, que debería ser la opción lógica. En su lugar, decidí conducir. Soy un conductor cauteloso, pero en el viaje de vuelta, especialmente de noche y bajo la lluvia, casi tuvimos un accidente fatal mi amigo Javier y yo. Al acercarnos a Madrid, nos topamos repentinamente, a tan solo unos setenta metros, con un coche parado que ocupaba el carril izquierdo sin opción de arcen. Realicé un volantazo instintivo a la derecha, y por suerte, un milagro, en ese instante no venía ningún otro vehículo. Milagro. Pero no pude evitar recordar a aquellos que defienden a capa y espada «lo público», esos que se llenan la boca con discursos grandilocuentes y que luego convierten lo que debería ser un servicio colectivo en un verdadero desastre. Esos son los que, con nuestros impuestos, convierten lo público en algo que no tiene nada de honorable.

Redacción

Detrás de Opinión Ibérica hay un equipo editorial comprometido con el análisis profundo de la realidad española e internacional. Cubrimos economía, política, sociedad y cultura con rigor periodístico y visión crítica. Nuestro objetivo: ofrecer información contrastada y opinión fundamentada para entender lo que realmente importa, todos los días del año.

Anterior

Mujeres de Pajares y Prado celebran a Santa Águeda a pesar del temporal

Siguiente

Las presas andaluzas evitan desastres en las recientes lluvias torrenciales