La escritora Gisèle Pelicot ha decidido regresar al ámbito público no para perderse en él, sino para alzar su voz. Recientemente, ha presentado un libro y ha concedido diversas entrevistas, todo ello con una actitud serena que sorprende y obliga a la reflexión. En lugar de buscar compasión, Pelicot solicita a la sociedad que examine lo que se ha tolerado durante tanto tiempo.
La revelación de que fue drogada por su marido para facilitar que otros hombres la violaran no solo devastó su vida, sino que también transformó su percepción de la seguridad en el hogar. A pesar de esta dura realidad, ella optó por no ocultarse. Renunció al anonimato y pidió un juicio público, buscando que la vergüenza que le corresponde recaiga sobre sus agresores.
Durante el proceso judicial, algunos acusados afirmaron que no consideraban estar cometiendo una violación, una defensa que pone de manifiesto no solo la violencia en sí, sino también una cultura que permite la idea de que el cuerpo de una mujer inconsciente está a disposición de otros. Pelicot no señala únicamente a individuos aislados, sino que critica una mentalidad colectiva que ha normalizado tales atrocidades.
Su testimonio es de gran peso para muchas víctimas de sumisión química que carecen de pruebas concretas, y que luchan por reconstruir sus experiencias entre lagunas de memoria y dudas sobre su propia valía. El caso de Pelicot, que cuenta con una documentación exhaustiva, desafía la sospecha que muchas veces recae sobre las víctimas; la duda no estaba en ellas.
Los analistas y columnistas coinciden en que su obra corrobora una inquietante realidad: los perpetradores no son necesariamente marginales, sino personas consideradas «normales». La defensa del agresor fue presentada como un juego de fantasía y control, mientras que el tribunal lo calificó como un crimen estructurado, imponiendo una condena de 20 años de prisión.
Este caso no despertó sospechas inicialmente debido a una ceguera colectiva y a una permisividad social que ha permitido la existencia de foros en línea donde se organizan agresiones. La historia de Pelicot es un llamado a la acción, un recordatorio de que la violencia de género y la cultura de la violación deben ser confrontadas con urgencia y seriedad.





