A las seis de la mañana de un día indeterminado hace cuatro meses, un extenso equipo médico, compuesto por cerca de cien profesionales, se reunió en el hospital Vall de Hebrón de Barcelona. Este grupo, que incluía cirujanos plásticos, especialistas en microcirugía reconstructiva, anestesistas e infirmas, se preparó para una intervención quirúrgica que se extendería hasta el día siguiente a las siete de la mañana: 25 horas de trabajo ininterrumpido, en lo que se describió como «la operación de trasplante más compleja que existe». El objetivo era que Carme recuperara su rostro, que había sido severamente dañado por una bacteria transmitida por un mosquito durante unas vacaciones en Canarias hace dos años.
Carme quedó en coma tras el incidente, sufriendo necrosis que destruyó la mitad de su cara, lo que le impedía tragar y respirar adecuadamente. Su testimonio revela el sufrimiento que vivió: «No podía mirar mi cara», expresó en una reciente entrevista. Ella se convirtió en la primera persona en el mundo en recibir un trasplante de cara de una donante que había optado por la eutanasia. «Gracias a la generosidad de la donante, llevo una vida normal», comentó Carme.
El doctor Joan-Pere Barret, jefe de Cirugía Plástica y Quemados del hospital, lideró el equipo. Barret es reconocido internacionalmente por su experiencia en este tipo de operaciones, de las cuales solo se han realizado 54 en todo el mundo desde 2005, y fue pionero en el primer trasplante completo de cara en 2010. «La primera reunión fue seguida de otras con los equipos encargados de los órganos restantes», explicó el doctor en una conversación con el medio.
El primer contacto con Carme ocurrió casi un año antes, en diciembre de 2024, donde comenzó el proceso para ayudarla a recuperar su identidad. Tras una consulta inicial en otro hospital, Carme decidió buscar una segunda opinión con Barret, consciente de su experiencia en este tipo de intervenciones. Durante la consulta, se presentaron dos opciones: una técnica más tradicional que implicaba varias operaciones a lo largo de los años, y el trasplante de cara, considerado «mejor» por su funcionalidad y estética.
A pesar de los riesgos asociados, que incluían la posibilidad de muerte y la necesidad de medicamentos inmunosupresores de por vida, Carme optó por el trasplante. «Prefería arriesgarse a tener una vida corta pero digna», afirmó el doctor Alberto Sandiumenge, coordinador de programas de donación y trasplantes del Vall de Hebrón. La situación de salud de Carme se complicó en febrero, cuando su vida llegó a estar en riesgo, lo que llevó a la necesidad de un tubo de alimentación.
Después de superar diversos análisis y obtener el consentimiento necesario, el equipo médico aguardó la llegada de una donante. La espera culminó a finales de 2024, cuando una mujer que había solicitado la eutanasia se ofreció para donar sus órganos, incluyendo su rostro. «¿Mi cara es válida?» preguntó a Barret durante su encuentro, lo que fue un momento clave en el proceso.
Se recibió la autorización para la operación a mediados de 2025, y el equipo tuvo tres semanas para prepararse, realizando estudios detallados de ambas pacientes. Esto incluyó la creación de moldes en 3D y ensayos previos a la cirugía. El doctor Sandiumenge enfatizó la complejidad del procedimiento: «La cara es un tejido con numerosos vasos sanguíneos y nervios». Finalmente, el equipo estaba listo para llevar a cabo «la operación de trasplante más compleja que existe», con la esperanza de devolver a Carme no solo su rostro, sino también su vida.





