En el último episodio de «Las dos orillas», un grupo de expertos compuesto por Douglas Castro-Quezada, Julio Borges, Manuel Burón y Luz Escobar explora la compleja relación entre la migración y la política contemporánea. La conversación se centra en cómo el desplazamiento humano ha sido utilizado como un arma en la lucha política.
El análisis comienza en Estados Unidos, donde ha aumentado la represión migratoria, marcada por las redadas y la presencia amenazante del ICE. Luz Escobar describe la atmósfera de temor que se ha apoderado de las comunidades migrantes, quienes evitan salir a trabajar o realizar sus actividades diarias por miedo a ser detenidos.
La discusión se adentra en el impacto político y psicológico de estas prácticas, que han evolucionado hasta volverse indiscriminadas, afectando a personas en función de su apariencia y vulnerabilidad. Julio Borges añade una perspectiva histórica, recordando que Venezuela fue en el pasado un país receptor de migrantes y hoy se enfrenta a una crisis que obliga a millones a abandonar su hogar.
Borges critica la hipocresía del debate actual, donde los migrantes son utilizados tanto por quienes los estigmatizan como por quienes los utilizan como herramienta electoral. También plantea la necesidad de abordar el desafío cultural de la integración, una realidad que rara vez se discute con la seriedad que merece.
Douglas Castro-Quezada introduce una crítica adicional: mientras América Latina exige derechos para sus migrantes en países como Estados Unidos o Europa, frecuentemente perpetúa la violencia y el maltrato hacia los migrantes dentro de su propia región. Relata historias sobre el miedo a la migración mexicana y el mal trato hacia nicaragüenses en naciones vecinas, revelando que los migrantes no solo enfrentan el riesgo del país receptor, sino también la explotación por parte de redes criminales.
Manuel Burón presenta la situación europea, destacando que España vive una tensión particular con medidas de regularización que contrastan con la dureza de otros países de Occidente. En este contexto, se enfatiza que el migrante es una construcción política que varía según la ideología: puede ser visto como un «otro» por la derecha nativista o como un «facha» por aquellos que utilizan la migración para polarizar.
Entre las reflexiones más impactantes, Borges recuerda que nadie abandona su hogar por elección, sino cuando permanecer se vuelve insostenible. La migración no debe ser reducida a un mero recurso político, ya que esta deshumanización implica graves consecuencias.
El episodio concluye con un acuerdo fundamental: los Estados tienen derecho a controlar sus fronteras, pero el verdadero problema surge cuando la política transforma la gestión en espectáculo y sustituye soluciones por persecuciones. Una migración ordenada y humana no solo es un imperativo ético, sino también una estrategia inteligente para prevenir el caos social que alimenta el rechazo hacia los migrantes.
En resumen, «Las dos orillas» ofrece una visión crítica sobre cómo la migración refleja las fallas de nuestras sociedades y se convierte en el terreno predilecto para que los populismos desplieguen su narrativa del miedo y la creación de enemigos, utilizando la vida de los seres humanos como herramienta electoral.

























