La libertad de expresión es un pilar fundamental en cualquier sociedad que aspire a ser democrática. Sin embargo, parece que cada día que pasa, España se encuentra más atrapada en una atmósfera de polarización y tensión. Este clima, que recuerda a los regímenes teocráticos y totalitarios de países como Irán, Venezuela y Nicaragua, plantea serias preocupaciones sobre el futuro del discurso libre en nuestro país.
Recientemente, se ha observado cómo el presidente del Gobierno ha señalado a un periodista que se ha atrevido a criticar su ideología de manera respetuosa. Este acto se percibe como una advertencia, una «tarjeta amarilla» que podría llevar a la censura y al ostracismo a quienes se atrevan a expresar opiniones disidentes. En este contexto, se necesita un sentido de solidaridad y corporativismo entre los profesionales de la comunicación, ya que cualquier uno de ellos podría estar en una situación similar en el futuro.
El célebre autor griego Eurípides lo expresó de manera contundente: «Y esto es esclavitud: no poder decir lo que piensas». Esta reflexión resuena con especial fuerza en una era donde la libertad de expresión parece estar reservada únicamente para aquellos que se alinean con el pensamiento dominante. Es imperativo recordar que el debate y la discrepancia son fundamentales para el enriquecimiento de nuestra sociedad.
La libertad de expresión debe ser un derecho que proteja a todos, no solo a los que se muestran sumisos o serviles. Disentir y argumentar son prácticas que nos permiten crecer como comunidad y deben ser defendidas con firmeza. Mantener un espectro de opiniones diverso es como un arco iris en el que debemos encontrar orgullo; es un horizonte que no debe desvanecerse.
En resumen, la defensa de la libertad de expresión es más crucial que nunca en un momento en que la polarización amenaza con silenciar voces críticas. Es nuestra responsabilidad colectiva asegurarnos de que este derecho fundamental no se vea comprometido, independientemente de quién esté en el poder.





