sábado, 14 de febrero de 2026

La hibristofilia política: un fenómeno que erosiona la democracia

La hibristofilia política transforma el crimen en herramienta ideológica

Existen términos que incomodan por su capacidad de describir con precisión realidades que muchos prefieren ocultar. Uno de ellos es «hibristofilia», que originalmente se refería a la atracción erótica hacia criminales violentos. Sin embargo, en el contexto actual, esta noción se ha adaptado a un ámbito político, donde su significado se ha ampliado y ha adquirido repercusiones significativas en el orden público y la seguridad de las democracias occidentales.

Desde una perspectiva psicoanalítica, la hibristofilia no se concibe como una mera excentricidad romántica, sino como una configuración del deseo que se dirige hacia el otro a pesar de su violencia, e incluso propiciada por ella. El criminal se convierte en un símbolo de lo que el individuo no puede realizar: la ruptura de la ley y la impunidad. Aquí, el deseo se alía con la pulsión destructiva, donde amar al criminal se traduce en una participación indirecta en su capacidad de desmantelar el orden simbólico.

El término, que proviene de las palabras griegas «hybrizein» (cometer un ultraje) y «philia» (atracción), describe la atracción hacia aquellos que han cometido actos de violencia. Esta fascinación no siempre se manifiesta de manera sexual, sino que puede presentarse como un deseo de comprender o incluso de «salvar» al criminal. Aunque la psiquiatría clásica lo consideraba una parafilia, su reconocimiento en la psiquiatría contemporánea es más matizado.

El problema político surge cuando esta atracción se colectiviza. La hibristofilia deja de ser un fenómeno individual y se transforma en una ideología. En lugar de desear al criminal como persona, se empieza a anhelar lo que su crimen genera: miedo y descomposición social. Este fenómeno no es nuevo; podemos encontrar un precedente en el bolchevismo temprano, donde la violencia se institucionalizó como herramienta de cambio social, despojando a los individuos de su humanidad al convertirlos en instrumentos históricos.

En la actualidad, movimientos políticos de izquierda radical en Europa han reinterpretado esta lógica. En Francia, figuras como Jean-Luc Mélenchon tienden a presentar al delincuente como un sujeto político inevitable, un producto del sistema que debe ser reconsiderado. De esta manera, la inseguridad se transforma en una consecuencia de la existencia misma de la nación, que se ve culpable por su mera condición.

En España, el discurso de Podemos muestra una tendencia similar, minimizando constantemente la relación entre el delito y la responsabilidad individual. Este fenómeno se da en un contexto donde la violencia se presenta como un costo histórico aceptable en nombre de una virtud performativa. Las declaraciones de líderes como Irene Montero e Ione Belarra reflejan esta ideología, donde el reemplazo de ciertos grupos se ve como un objetivo deseable.

En Estados Unidos, algunos sectores del Partido Demócrata han explorado una versión administrativa de este fenómeno, debilitando la respuesta policial ante el crimen urbano. En el Reino Unido, bajo el liderazgo de Keir Starmer, se ha renunciado a la protección de un demos concreto, lo que implica una aceptación tácita de la inseguridad como parte del progreso. No se trata de un deseo por el criminal, sino de un sistema que produce un goce simbólico similar al de la hibristofilia.

Cuando una ideología acepta la violencia ajena y minimiza el daño a su propia población, no se trata de compasión, sino de hibristofilia política. Este fenómeno plantea una interrogante fundamental: ¿puede una democracia sobrevivir cuando sus élites consideran la disolución de su pueblo como un precio aceptable por la virtud?

Redacción

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