La reciente reacción de Pedro Sánchez y su equipo, que critican a Guardiola y Azcón por haber convocado elecciones anticipadas que favorecieron el ascenso de Vox, evoca la actitud de Trump ante encuestas desfavorables. El mes pasado, Trump señaló que no deberíamos tener elecciones, sugiriendo incluso su cancelación debido a las noticias falsas de sus adversarios. Esta mentalidad parece estar presente en Sánchez, quien pronostica no solo que las elecciones generales no se adelantarán, sino que se retrasarán hasta septiembre, utilizando todas las artimañas legales a su alcance.
El problema, según su perspectiva, no radica en la anticipación de elecciones autonómicas, sino en su celebración misma. La frustración se centra en aquellos dirigentes que, incapaces de aprobar sus presupuestos, optan por buscar en las urnas una mayoría que los respalde. Esto ha permitido que el PP y Vox manipulen la opinión pública en regiones como Extremadura y Aragón, difundiendo rumores sobre el hermano músico del presidente y su ex portavoz del Gobierno.
Al mismo tiempo, se ignoran compromisos fundamentales, como el de obligar a los «tecnoligarcas» a mantener sus manos alejadas de los móviles de los jóvenes aragoneses. A este paso, el verdadero problema de Sánchez podría ser la falta de valores progresistas entre los ciudadanos españoles.
La figura de Gabriel Rufían emerge como un recurso para Sánchez. Su provocadora retórica y su papel como «matón verbal», tal como lo describió Antonio Baños, lo posicionan como un agitador del hemiciclo y una estrella en redes sociales. Desde su llegada al poder, Sánchez ha estado rodeado de personajes de este tipo, creando una «máquina del fango» que ha estado al servicio de sus intereses políticos.
La pregunta que se planteó recientemente por Felipe González en el Ateneo resuena en muchos socialistas: «¿Es más legítimo pactar con Bildu que con Vox?» La mayoría no pudo evitar inclinar la cabeza ante el «No lo veo» de su líder histórico. En este contexto, el PSOE se enfrenta a un dilema ético y político que podría redefinir su identidad.
Los pactos con Bildu, que resultan inquietantes, son un testimonio de cómo la política ha cambiado en España. La figura de Otegi como socio de Sánchez plantea serias dudas sobre la dirección que está tomando el Gobierno, especialmente en relación con la excarcelación de terroristas.
Mientras tanto, el escándalo de la financiación irregular del PSOE sigue creciendo. Con José Luis Ábalos en problemas legales y testimonios que apuntan a la entrada de dinero en efectivo sin control, la ética política parece haber retrocedido. Este tipo de situaciones socavan la credibilidad del partido y su capacidad para liderar.
En resumen, Sánchez parece estar cada vez más aislado, dependiendo de personajes como Rufían para sostener su estrategia política. A medida que se acerca a la fecha de las elecciones, el panorama se complica y la incertidumbre aumenta sobre el futuro del socialismo en España.












