En la Franja de Gaza, las manos que traen vida se han convertido en blanco de ataques mortales. La desaparición de estas manos conlleva la extinción de todo un pueblo. Por ello, las matronas de Gaza ocultan su identidad. No proclaman a los cuatro vientos su capacidad ancestral para facilitar la llegada al mundo de numerosos bebés. Ante un enemigo que asesina a madres, niños y recién nacidos, saben que su labor de asistencia en partos también las convierte en objetivo.
Los asaltos a hospitales, maternidades y bancos de semen son parte de una estrategia deliberada. El Ejército israelí no solo destruye la vida existente en Gaza, sino que también ataca el futuro que podría nacer. Rida, una matrona en una clínica de Project Hope, prefiere no revelar su nombre completo. «Me encanta cuidar a los demás», afirma en una llamada telefónica desde el enclave palestino. Heredó esta vocación de su madre, quien también era partera. Desde pequeña, admiraba cómo su madre ayudaba a tantas parturientas, lo que la llevó a amar su profesión.
Sin embargo, nunca imaginó que su deseo de ayudar podría costarle la vida. En los primeros meses de la ofensiva militar israelí contra Gaza en otoño de 2023, se registraron 45 ataques contra maternidades y centros médicos neonatales, según un informe de Médicos por los Derechos Humanos. Además, al menos 33 de los 36 hospitales en Gaza han sido destruidos o han sufrido daños considerables. Esta situación no solo afecta el presente, sino que también amenaza el futuro reproductivo del pueblo palestino.
Las consecuencias son devastadoras: se ha documentado una caída del 41% en los nacimientos durante la primera mitad de 2025 en comparación con el mismo período en 2022. En este lapso, se registraron 2.600 abortos espontáneos y 220 muertes relacionadas con el embarazo. Las condiciones de vida han impactado gravemente los embarazos actuales y los recién nacidos. «Todas las mujeres que dan a luz están muy preocupadas, incluso antes de quedar embarazadas», señala Rida, quien siente esa inquietud a diario.
La presión social en un entorno como el palestino es abrumadora. Muchas mujeres, tradicionalmente deseosas de ser madres, ahora consideran la planificación familiar, aunque acceder a métodos adecuados resulta complicado. Las mujeres embarazadas y lactantes enfrentan situaciones extremas, como la desnutrición, la falta de medicamentos y el cierre de fronteras, lo que dificulta el acceso a controles médicos.
El doctor Barbakh, ginecólogo en una clínica de Project Hope, resalta que el estrés y las difíciles condiciones de vida han aumentado la tasa de abortos espontáneos. La ONU ha indicado que, tras un año de guerra, las posibilidades de que una mujer palestina sufra un aborto o muera en el parto se han multiplicado por tres. Muchos partos se realizan sin anestesia, y la lactancia de las madres gazatíes se ve afectada por la escasez de alimentos y la prohibición de la entrada de leche de fórmula.
Más allá de las dificultades individuales, el sufrimiento de estas mujeres parece ser parte de un plan sistemático. Los ataques a maternidades y centros de reproducción evidencian un intento deliberado de desmantelar la capacidad del pueblo palestino para reproducirse como comunidad. Expertos en justicia reproductiva han denunciado lo que consideran un «genocidio reproductivo». La destrucción de las infraestructuras necesarias para la reproducción del pueblo palestino pone en peligro su continuidad.
El informe de Médicos por los Derechos Humanos menciona el ataque en diciembre de 2023 a la clínica de reproducción asistida al Basma, el mayor centro de fertilidad de Gaza, donde se destruyeron miles de muestras reproductivas. Durante los primeros seis meses de guerra, más de 6.000 madres han sido asesinadas. Cada hora, dos madres gazatíes desaparecen, y las que quedan enfrentan desnutrición y complicaciones en el parto.
Hanaa Mansour, quien ha dado a luz dos veces durante el conflicto, narra su experiencia de temor constante. La angustia no termina al dar a luz; se multiplica con la preocupación por la salud de sus hijos. Una comisión de la ONU ha señalado el impacto sobre el derecho a la salud reproductiva como un factor que justifica considerar las acciones de Israel como genocidio. «La violencia reproductiva es una violación del derecho internacional», concluye el informe de Médicos por los Derechos Humanos.

























