Las delegaciones de Estados Unidos e Irán han reanudado sus negociaciones en Ginebra, conscientes de que esta vez el margen de error es menor. La reunión, facilitada por Omán, se produce tras meses de escalada verbal y el aumento del despliegue militar estadounidense en el Golfo, así como un deterioro en el régimen de inspecciones nucleares, que el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) ha calificado como preocupante.
El ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, llegó a Suiza después de un encuentro con el director general del OIEA, Rafael Grossi. Esta reunión no fue meramente protocolaria, ya que Grossi insistió en la necesidad de obtener claridad sobre el uranio enriquecido al 60 % que Irán ha acumulado antes y después de los ataques de 2025 a instalaciones nucleares.
Grossi ha dejado claro que sin acceso y verificación sostenida no habrá credibilidad técnica suficiente para respaldar ningún acuerdo. Por su parte, Araghchi ha afirmado que Irán está dispuesto a colaborar en un marco profesional, rechazando las presiones occidentales que consideran disfrazadas de requisitos técnicos.
La delegación estadounidense ha manifestado que su prioridad es revertir la situación generada por la suspensión parcial de las inspecciones y el incremento del enriquecimiento. Donald Trump ha indicado que estará indirectamente involucrado en las conversaciones, sugiriendo que Irán busca un acuerdo porque es consciente de las consecuencias de no lograrlo. Aunque no especificó qué alternativas existen, el despliegue de portaaviones en la región actúa como un recordatorio de la presión militar existente.
En Washington, la postura oficial combina la disposición para negociar con la exigencia de que Irán no mantenga un nivel de enriquecimiento que lo coloque cerca del umbral militar. Funcionarios estadounidenses han reiterado que el objetivo es limitar el enriquecimiento a niveles compatibles con un programa civil y asegurar inspecciones intrusivas, abogando por una reducción sustancial y verificable, aunque no se habla de un enriquecimiento cero.
Araghchi ha sido claro al rechazar la eliminación total del enriquecimiento, afirmando que el derecho de Irán a enriquecer uranio con fines pacíficos no es negociable. A su llegada a Ginebra, mencionó que Irán presenta propuestas reales para un acuerdo justo y equilibrado, lo que implica que cualquier limitación nuclear debe ir acompañada de un levantamiento tangible de sanciones financieras y petroleras. La economía iraní no puede soportar indefinidamente el aislamiento, y el gobierno necesita resultados que se traduzcan en ingresos y estabilidad cambiaria.
Este cruce de declaraciones refleja una asimetría difícil de reconciliar. Mientras Estados Unidos busca garantías técnicas antes de cualquier acuerdo, Irán exige señales económicas concretas. En este contexto, el papel del OIEA es crucial, ya que Grossi ha subrayado la necesidad de acceso continuo a instalaciones y datos para reconstruir la cadena de custodia del material nuclear. Sin ello, cualquier entendimiento sería, desde una perspectiva técnica, una promesa sin mecanismo de verificación.
Además, hay un elemento menos visible que condiciona la negociación: la necesidad de ambas partes de mostrar firmeza ante su propia opinión pública. Trump no puede ser percibido como el presidente que cede demasiado después de haber defendido una línea dura, mientras que el liderazgo iraní no puede presentarse como el que se rinde ante la presión militar. Esta tensión explica el tono calculado de las declaraciones, donde no se habla de concesiones, sino de equilibrios y derechos soberanos.
En Ginebra, no solo se discuten cuántas centrifugadoras operarán o qué porcentaje de enriquecimiento será permitido, sino que está en juego la credibilidad de dos gobiernos que han incumplido compromisos previos y que ahora requieren garantías adicionales para confiar en la palabra del otro. Desde el exterior, parece que ambos reconocen el costo de un enfrentamiento directo, pero ninguno está dispuesto a asumir el costo político de aparecer débil. En este delicado equilibrio, avanzan las conversaciones.
El margen para un acuerdo amplio es limitado en esta fase, aunque podría abrirse la puerta a compromisos parciales, como la reanudación de inspecciones a cambio de un alivio limitado y reversible de sanciones. Aunque no se trataría del gran pacto que algunos esperan, podría ser una forma de ganar tiempo y reducir el riesgo inmediato. Ninguna de las partes parece desear una alternativa con sanciones y respuesta militar, aunque ambas insisten en estar preparadas para ello.
Las próximas semanas determinarán si la combinación de presión y diplomacia logra un encaje técnico viable o si, una vez más, las declaraciones de intención chocan con las líneas rojas. Por ahora, Ginebra se presenta como un escenario donde las palabras tienen tanto peso como las capacidades militares que las sostienen.





