Durante una reciente conferencia en el Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB), el periodista y ensayista italiano Marzio Mian destacó que simplificar la geopolítica del Ártico a la intención de Donald Trump de adquirir Groenlandia es un error. Aunque esta isla danesa es un objetivo atractivo, la competencia por el Alto Norte involucra a actores como Rusia y China, quienes han estado fortaleciendo su presencia en una región rica en recursos estratégicos y con ventajas militares significativas.
Mian recordó que, según estimaciones científicas, el Ártico podría albergar cerca del 30% de los recursos no descubiertos del planeta. Este potencial, que incluye hidrocarburos, tierras raras y minerales críticos, ha transformado un área que, durante décadas, fue un espacio de cooperación relativamente estable en un punto caliente de tensión geopolítica del siglo XXI. En este contexto, advirtió que el Ártico se ha convertido «en el epicentro de un terremoto geopolítico», donde incluso la cohesión de la OTAN podría verse amenazada.
El presidente del CIDOB, Josep Borrell, subrayó la necesidad de ampliar la perspectiva sobre la geopolítica del Ártico. Según él, el conflicto no se limita a una confrontación entre Trump y Europa, sino que representa una dinámica estructural que involucra ambiciones territoriales y competencia estratégica. Borrell también mencionó que hay un componente colonialista en las demandas de Trump, comparándolo con una hipotética disputa de soberanía entre España y México.
Para Mian, el interés estadounidense es solo una parte de un panorama más amplio. Rusia considera el Ártico como su «seguro de vida» económico y estratégico, ya que cerca de la mitad de su PIB y exportaciones dependen de actividades en esta zona. Moscú ha reactivado bases militares, desplegado rompehielos nucleares y concentrado submarinos estratégicos en la península de Kola. El deshielo en el Ártico no solo abre nuevas rutas, como la Ruta Marítima del Norte, sino que también refuerza la posición de Rusia como potencia energética.
Por su parte, China se ha autodenominado «Estado cercano al Ártico» y actúa en consecuencia. Participa como observador en el Arctic Council y ha promovido la Polar Silk Road, vinculada a su estrategia global de infraestructuras. Ha invertido cifras multimillonarias en proyectos de gas natural licuado en la península rusa de Yamal, además de mostrar interés en la minería y en infraestructuras en Groenlandia e Islandia. La cooperación entre Rusia y China en el norte combina capital, tecnología y acceso a recursos.
Un tema delicado es el archipiélago de Svalbard, bajo soberanía noruega y regido por un tratado de 1920 que garantiza igualdad de acceso a los recursos para los Estados firmantes, incluyendo a España, que adquirió derechos formales de explotación. Aunque el uso militar está restringido, el equilibrio puede volverse frágil, especialmente con la creciente militarización y la lucha por minerales estratégicos en el lecho marino. Rusia mantiene presencia civil en Svalbard y cuestiona ciertas interpretaciones noruegas sobre zonas económicas exclusivas y la explotación de recursos.
La ambigüedad jurídica convierte a Svalbard en un posible foco de tensión, en un momento en que el control de armamentos nucleares se debilita y la desconfianza entre bloques aumenta. Las tensiones no se limitan a Europa; en el norte de Canadá, las disputas entre Ottawa y Washington giran en torno al control del paso del noroeste y la delimitación de soberanías marítimas. El retroceso del hielo transforma rutas históricamente inaccesibles en corredores comerciales y estratégicos, lo que tiene implicaciones directas para la seguridad continental.
Mian afirmó que la noción de una «excepcionalidad ártica», que sugería que la región estaba al margen de grandes confrontaciones, ha quedado obsoleta. La invasión rusa de Ucrania en 2022 aceleró la división entre un bloque occidental ampliado y una Rusia cada vez más alineada con China. El Ártico se presenta hoy como un condensador de tensiones globales, donde energía, clima, tecnología y disuasión nuclear convergen en un mismo espacio. Así, el deshielo no solo altera los mapas físicos, sino que también modifica los equilibrios estratégicos, convirtiendo a Groenlandia en un símbolo de una disputa más amplia: quién establece las reglas en la última gran frontera del planeta.





