En el conflicto de Ucrania, un grupo de voluntarios conocido como Platzdarm se dedica a recuperar los cuerpos de soldados para restituir su identidad y devolverlos a sus familias. Alexei Carraspea, uno de los voluntarios, observa en silencio mientras sostiene fragmentos de un cráneo y segmentos vertebrales. Su rostro apenas muestra emoción, pero sus acciones reflejan una profunda humanidad en medio del caos bélico.
En una de sus intervenciones, Alexei encuentra un trozo de papel arrugado que lleva el nombre «Andrei. Moscú» y un número de teléfono. «Esto nos ayuda a situar la procedencia», comenta en voz alta, revelando por primera vez su voz en un ambiente tan sombrío. A través de estos detalles, como tatuajes y amuletos de la suerte, los voluntarios intentan devolver la identidad a aquellos que han caído, sin importar de qué lado lucharon.
Alexei reflexiona sobre la deshumanización que la guerra provoca, afirmando que «la vida humana no vale nada» en este contexto. La guerra, dice, nos revela una visión del mundo en blanco y negro, sin matices. «Quizás sea demasiado estúpido o no quiera comprenderlo, pero hasta que la gente no entienda que todos somos habitantes de este mismo planeta, nada cambiará».
El deseo de Alexei es claro: «Que todo termine. Para todos. Las consecuencias son terribles». Las heridas, tanto físicas como psicológicas, dejarán una marca indeleble en quienes sobreviven, y muchos, lamentablemente, ya no volverán a casa. En un conflicto donde la pérdida es constante, el trabajo de estos voluntarios se convierte en un faro de dignidad y respeto por los caídos, recordando que cada vida tiene un valor, sin importar el bando al que pertenecía.













