sábado, 14 de febrero de 2026

El vino rancio catalán: un tesoro redescubierto en el siglo XXI

Los vinos rancios catalanes resurgen como auténticos tesoros enológicos.

El vino rancio catalán ha experimentado un notable renacer en el siglo XXI, destacándose como un verdadero tesoro enológico. Esta tradición, que ha sobrevivido a lo largo de siglos en las masías de Cataluña, ha cobrado nueva vida gracias a la labor de enólogos innovadores y consumidores intrigados por un patrimonio que parecía haber caído en el olvido.

Históricamente, el vino rancio se ha conservado en barricas olvidadas, lejos de etiquetas y denominaciones de origen. Hoy, el arte de la oxidación lenta se valora como una virtud, creando vinos únicos que evocan la memoria familiar. Un claro ejemplo de esta búsqueda es la labor de los enólogos Javier Continente y Luis Remacha, quienes se han convertido en arqueólogos del vino, explorando regiones de Navarra y Aragón para elaborar su proyecto Niños Perdidos.

La producción de vino rancio en Cataluña ha evolucionado, transformando lo que era un producto destinado al hogar en un lujo enológico. Ejemplos como Memòries Cal Gabriel y Martinet Ranci Dolç se venden a precios elevados, reflejando la calidad y el esfuerzo detrás de su elaboración. Sin embargo, el renacer del vino rancio no es solo cuestión de mercado, sino de una rica historia que se remonta a épocas pasadas, donde la oxidación natural del vino era resultado de condiciones de conservación rudimentarias.

El proceso de elaboración tradicional, conocido como sol i serena, implica dejar el vino en grandes damajuanas expuestas a los elementos, permitiendo que el oxígeno actúe lentamente antes de ser transferido a barricas de roble o castaño. Este método produce vinos de tonalidades ámbar oscuro, con aromas complejos que incluyen frutos secos y especias, dependiendo de la región.

Las denominaciones de origen como DO Catalunya y DO Montsant han establecido regulaciones para preservar la autenticidad de estos vinos, que requieren largos periodos de crianza y un contenido alcohólico elevado. Esta complejidad y riqueza de matices permiten que el vino rancio se armonice con una variedad de sabores, convirtiéndose en un acompañante ideal para platos que desafían a otros vinos.

En Cataluña, aunque la producción de vino rancio puede ser modesta, con muchas bodegas elaborando menos de 500 botellas, se están consolidando como productos de alta calidad. Seis ejemplos destacados son:

  • Arrels Vi de Mare 30 anys: Un tinto seco de Priorat con aromas de frutos secos, a un precio de 50 euros.
  • Aureo Seco Añejo 1954: Vino rancio seco de Tarragona con notas complejas, por 20 euros.
  • Ranci del Bocoi: Producido en Empordà, destaca por su frescura a 24 euros.
  • Orto Vi Ranci Clàssic: Blanco seco de Montsant, a 37 euros, con un final equilibrado.
  • Terrenal d»Aubert Ranci: Un vino de Tarragona con un perfil aromático intenso a 21,90 euros.
  • Ranci de Capçanes: Un tinto seco tradicional de Montsant, a un precio de 13,50 euros.

El vino rancio catalán sigue siendo un símbolo de la cultura vitivinícola de la región, y su redescubrimiento invita a los amantes del vino a explorar un legado enológico que, aunque a menudo olvidado, está lleno de historia y sabor.

Redacción

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