Adquirir un pollo entero puede parecer menos conveniente que optar por piezas como pechugas, muslos o alas por separado. Sin embargo, esta elección puede resultar en un ahorro significativo y una mejor organización en la cocina. Además, fomenta la utilización de cada parte del animal, contribuyendo a la reducción del desperdicio alimentario.
El primer paso para aprovechar al máximo un pollo entero es trocearlo adecuadamente. Separar las pechugas, muslos y alas es un proceso sencillo que se puede realizar con un cuchillo bien afilado, guiándose por las articulaciones. Las pechugas pueden ser fileteadas para platos a la plancha o empanados, mientras que los muslos son perfectos para guisos o asados. Las alas, por su parte, son ideales para cocinar al horno o freír.
Una vez troceado, es recomendable organizar y embolsar cada parte en film transparente o en bolsas de congelación. Esto permitirá almacenar las piezas de forma ordenada y utilizarlas cuando se desee, siendo especialmente útil para las alitas o los muslitos. No se debe olvidar que la carcasa y los huesos son igualmente valiosos; con ellos se puede preparar un delicioso caldo casero, que servirá como base para sopas, arroces o cremas. Asimismo, las pieles pueden ser utilizadas para dar sabor a fondos o asados.
Con una buena planificación, un solo pollo puede transformarse en varias comidas. Por ejemplo, se pueden preparar filetes un día, un guiso al siguiente y reservar caldo para congelar. En comparación con la compra de piezas sueltas, que suelen tener un precio más elevado por kilo debido al procesamiento, el pollo entero representa una opción más económica y versátil, además de permitir al cocinero decidir el grosor de los cortes y adaptar cada parte a diferentes recetas.
Por lo tanto, optar por un pollo entero no solo se traduce en un ahorro en la cesta de la compra, sino que también fomenta una cocina más sostenible y creativa, minimizando el desperdicio y maximizando las posibilidades culinarias.





