La figura de Luis Aragonés está íntimamente relacionada con el cambio más significativo en la selección española de fútbol. Su legado trasciende la Eurocopa que conquistó, ya que su impacto se debe también al proceso previo, su formación como jugador, su trayectoria como entrenador y su capacidad para diagnosticar los problemas estructurales del fútbol en España al asumir la dirección del equipo nacional. Su enfoque se centraba en la idea de que competir implicaba no solo esfuerzo físico, sino también un pensamiento más agudo que el de los rivales.
Luis Aragonés nació el 28 de julio de 1938 en Hortaleza, un área que en aquel entonces era un municipio independiente de Madrid. Su infancia transcurrió en un contexto de privaciones tras la Guerra Civil española, donde el fútbol se concebía como una actividad barrial, sin un marco profesional definido, y se erguía como una posible salvación social. En ese entorno, comenzó su carrera futbolística, aprendiendo un juego basado en la disciplina y la resistencia.
Su trayectoria dio un giro significativo en 1957 al unirse al Club Getafe Deportivo, lo que marcó el inicio de su carrera profesional en el fútbol español. Aunque en sus primeros años no destacaba por su habilidad técnica, su constancia y su inteligencia táctica le permitieron avanzar en un ámbito donde el esfuerzo era tan crucial como el talento.
En 1964, se incorporó al Atlético de Madrid, donde desarrolló la mayor parte de su carrera deportiva. Durante este periodo, el club alcanzó uno de sus mejores momentos en la historia, logrando tres títulos de Liga y dos Copas del Rey. Su participación en competiciones europeas le permitió observar diferentes estilos de juego y reflexionar sobre el nivel táctico del fútbol español, que se encontraba rezagado en comparación con otras naciones.
Entre 1965 y 1972, Aragonés tuvo la oportunidad de representar a la selección española en once ocasiones. Esta experiencia le brindó una visión interna del funcionamiento del equipo, que, a pesar de contar con buenos jugadores, enfrentaba grandes dificultades en torneos importantes.
Tras retirarse en 1974, comenzó su carrera como entrenador, dirigiendo varios equipos, aunque su relación más duradera fue con el Atlético de Madrid. En su primer mandato, ganó la Liga en 1977 y llevó al equipo a la final de la Copa de Europa. Posteriormente, también dirigió al FC Barcelona, Valencia, Sevilla, Betis, Espanyol, Oviedo y Mallorca, adaptándose a diferentes realidades y desarrollando la convicción de que un entrenador debía establecer un sistema de juego sólido, más allá de depender exclusivamente del talento individual.
Cuando asumió la dirección de la selección española en julio de 2004, el equipo llevaba cuarenta años sin obtener títulos relevantes desde la Eurocopa de 1964. La eliminación en la Eurocopa de Portugal fue un duro golpe, evidenciando un problema que iba más allá del deporte: se trataba de una crisis psicológica que condicionaba el rendimiento del equipo en momentos decisivos. Luis Aragonés comprendió que la solución no se limitaba a sustituir jugadores, sino que requería un cambio en la forma de entender los partidos.
Después del fracaso de 2004, Aragonés emprendió una renovación profunda, apartando a futbolistas veteranos e integrando a jóvenes con un perfil más técnico. Apostó por nombres como Xavi Hernández, Andrés Iniesta, Cesc Fàbregas, David Villa, Fernando Torres e Iker Casillas. Este enfoque no fue sencillo, y recibió críticas por prescindir de la experiencia, pero su estrategia se centraba en limitar el azar en los partidos mediante el control del balón, un estilo que priorizaba la estrategia sobre la estética.
Entre 2006 y 2008, la selección fue desarrollando una identidad fundamentada en el pase corto y el control en el centro del campo. La Eurocopa 2008, celebrada en Austria y Suiza, se convirtió en una prueba del éxito de su proyecto. España superó la fase de grupos y eliminó a Italia en cuartos, un triunfo que simbolizó la superación de un obstáculo histórico. En semifinales, la victoria sobre Rusia fue decisiva, y en la final, un gol de Fernando Torres selló la victoria sobre Alemania, rompiendo así una sequía de 44 años sin títulos internacionales.
Tras el torneo, Luis Aragonés cumplió con su promesa de retirarse, dejando tras de sí una selección con una identidad firme y una mentalidad competitiva, que posteriormente conquistaría el Mundial de 2010 y la Eurocopa de 2012 con gran parte de su equipo base. Tras su paso por la selección, se unió al Fenerbahçe turco en 2008, donde logró la Supercopa de Turquía, aunque fue despedido al año siguiente, lo que marcó el final de su carrera en los banquillos.
El legado de Luis Aragonés en el fútbol español es indiscutible y, aunque se mantuvo alejado del deporte profesional en sus últimos años, recibió numerosos homenajes por su contribución a la transformación de la selección. Falleció el 1 de febrero de 2014, dejando una huella imborrable en el corazón de los aficionados y en la historia del fútbol español.
















