La ciencia en Canarias atraviesa una paradoja difícil de entender en el siglo XXI. A pesar de que el discurso público sostiene que la generación de conocimiento es un proceso colectivo y diverso, una parte significativa del talento se encuentra excluido o se pierde en el camino. La falta de equidad de género en los campos de la ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas no solo es una cuestión de justicia social, sino que representa una pérdida de capital humano que no debería ser ignorada.
Desde una edad temprana, los datos indican una orientación desigual entre los estudiantes. Las chicas tienden a inclinarse hacia las Ciencias de la Salud y las ciencias sociales, mientras que los chicos dominan las áreas de Ingeniería e Informática. Esta situación no responde a una diferencia en capacidades, sino a la escasez de modelos femeninos en ámbitos científicos y tecnológicos, combinada con una orientación académica inadecuada, lo que influye en decisiones cruciales en etapas donde aún se desconocen todas las opciones disponibles. La incapacidad de la mayoría del alumnado para mencionar a una científica canaria ilustra claramente este déficit.
Se han propuesto iniciativas en el ámbito parlamentario que buscan implementar indicadores de género en políticas de I+D+i, formación para identificar sesgos en comités de evaluación, y medidas para no penalizar las interrupciones en la carrera investigadora. Además, se han llevado a cabo jornadas divulgativas, mesas redondas con investigadoras y programas que acercan la ciencia a los jóvenes, especialmente a las chicas. Sin embargo, estas acciones no deben convertirse en meros gestos simbólicos.
El problema de fondo reside en un modelo de carrera científica que adolece de precariedad. En Canarias, al igual que en el resto del país, las trayectorias investigadoras se caracterizan por contratos temporales vinculados a proyectos, estancias mal remuneradas o incluso sin compensación, y una estabilización que, en muchos casos, no se alcanza hasta después de los 40 años. Esta situación coincide con un periodo de vida en el que se deben tomar decisiones personales inaplazables, como la maternidad.
A pesar de que la legislación ha avanzado para no penalizar las bajas por maternidad o paternidad en las evaluaciones, los efectos indirectos persisten. No se trata solo de meses fuera del laboratorio; el sistema actual se basa en métricas de productividad continua y alta competitividad, donde cualquier interrupción representa una desventaja. Este escenario produce un efecto silencioso: investigadoras que ralentizan su progreso, que renuncian a ciertos puestos o que abandonan la carrera científica.
Este fenómeno no debe ser visto como un problema individual, sino como un desajuste entre un modelo laboral diseñado para trayectorias lineales y las realidades de la vida. Aunque los hombres también se ven afectados, las mujeres enfrentan una presión adicional debido a la desigual carga de los cuidados y a las expectativas sociales que les asignan la responsabilidad principal en el ámbito familiar.
Para una región que aspira a destacarse en áreas estratégicas como la astrofísica, la oceanografía, la vulcanología o las tecnologías relacionadas con la economía azul, esta pérdida de talento tiene graves consecuencias. Cada vocación perdida representa una oportunidad menos para la innovación, la transferencia de conocimiento y el desarrollo económico. No se trata de incorporar a las mujeres en el sistema tal y como está, sino de reformar ese sistema para que no expulse a quienes intentan ingresar.
Es fundamental aumentar la visibilidad de las científicas canarias, ofrecer asesoramiento constante en todas las etapas educativas y planificar la orientación profesional. Debemos fomentar carreras investigadoras desde edades más tempranas, garantizar estabilidad y diseñar evaluaciones que reconozcan trayectorias diversas. La conciliación no puede ser un asunto privado que cada investigadora solucione a su manera. La ciencia no debe ser un club exclusivo ni un camino reservado para quienes pueden soportar años de incertidumbre. Si la generación de conocimiento es un proyecto colectivo, también debe serlo la creación de las condiciones necesarias para que las personas con talento puedan desarrollarlo. Canarias, con su potencial científico y su tamaño, tiene la oportunidad de convertirse en un laboratorio de buenas prácticas. Perder esta oportunidad sería un error que no se podría atribuir a la falta de recursos, sino a la falta de voluntad.





